Journal 61: Entrevista a Andrea Suarez
Andrea Suárez es una ceramista y escultora contemporánea conocida por su enfoque lúdico y creativo en la cerámica artesanal. Produce piezas hechas a mano que combinan diseño y humor, todo con un estilo visual atrevido y actual. Su obra explora la relación entre la funcionalidad artesanal y la expresión escultórica.
La cerámica es un proceso lento, manual y exigente. ¿Qué te ha enseñado el tiempo y la repetición sobre tu forma de crear y de vivir?
“La cerámica me ha enseñado a no temerle al tiempo. En una sociedad que lo trata como un enemigo al que hay que vencer, la porcelana me ha revelado su verdadera naturaleza: el tiempo revela. Las cosas necesitan su ritmo, y forzarlas suele ser una forma elegante de estropearlas. Incluso cumplir años, lejos de parecerme una pérdida, me parece un privilegio: otra capa más de sentido.
También me ha enseñado la belleza de perder el control. O, mejor dicho, la ilusión infantil de creer que alguna vez lo tuvimos. Tú piensas que has hecho una pieza de una manera concreta, pero luego pasa por el filtro del mundo —en cerámica, el horno— y se convierte en lo que quiere ser. El horno no dialoga, sentencia. Y casi siempre tiene razón.
Todo esto es perfectamente extrapolable a la vida: no controlamos nada, aunque nos guste pensar que sí. Lo único que podemos aprender es a amar el paso del tiempo, a aceptar la transformación y a gestionar la frustración sin dramatismo. La cerámica me ha enseñado a querer el tiempo, a confiar en él y, sobre todo, a disfrutar del instante en el que suelto las riendas y dejo que algo —o alguien— termine de hacerse sin mí.”
En un mundo dominado por la inmediatez, ¿qué lugar ocupa hoy la artesanía y por qué crees que sigue siendo tan necesaria?
“Considero que la artesanía es el nuevo lujo. En un mundo saturado de objetos perfectamente acabados, homogéneos y repetidos hasta el infinito, el verdadero lujo está en lo contrario: en lo que parece apenas refinado por el ser humano. la belleza no está forzada.
Por eso trabajar con un material como la porcelana me parece un privilegio.
Pero la artesanía no es solo lujo; es origen. La agricultura, la ganadería y la artesanía son lo que nos hizo humanos. Y también lo que nos elevó simbólicamente: el gesto de crear con las manos, de dar forma, de intentar ponernos a la altura de un Dios artesano que modela al primer hombre a partir del barro. Crear así nos conecta con algo profundamente humano y, a la vez, con una dimensión casi divina.
Y luego está la idea que más me gusta: la artesanía como salvación. En un hipotético colapso tecnológico —que no parece tan improbable— lo único que podría sostener a la humanidad sería el conocimiento acumulado de los oficios. Si todo se apagara y volviéramos a una especie de edad de piedra, tendríamos que reaprenderlo todo desde cero. Y sería devastador. Conservar ese saber ancestral no es nostalgia: es supervivencia.
Por eso la artesanía tiene un valor tan descomunal. No solo nos conecta con la belleza, el tiempo y la materia, sino que guarda la memoria de lo que somos… por si algún día tenemos que volver a empezar.”
En Cayumas hablamos mucho de piezas que cuentan historias. ¿Qué historia sientes que cuentan tus obras cuando alguien las lleva a su casa?
“Los antiguos indios navajos creían que una parte del alma del artesano quedaba atrapada en los objetos que creaba. Esa idea siempre me ha acompañado. La porcelana tiene algo casi sobrenatural: es imperecedera. Da igual cuántos siglos pasen, siempre aparecen restos cerámicos entre civilizaciones desaparecidas. Las piezas cocidas sobreviven cuando casi todo lo demás se pierde.
Como creo en la vida después de la muerte, me gusta pensar que la cerámica es mi manera de dejar un rastro en este mundo. No para que se recuerde mi nombre, sino para que quede una huella aunque sea anónima. Me imagino dentro de dos mil años a alguien excavando la tierra y encontrando una de mis caras —porque siempre pienso eso cuando veo una pieza arqueológica—: ¿qué habrán visto esos ojos?, ¿qué historias habrán presenciado?
Siento que mis piezas empiezan de verdad su vida cuando salen del taller. Entran en una casa y se vuelven testigos silenciosos de una época.. Y quizá, mucho tiempo después, vuelvan a aparecer para contar fragmentos de esa historia, como hacen hoy las piezas arqueológicas.
Me gusta pensar que mis obras observan. Que guardan memoria. Y que, de alguna forma, serán testigos de la maravilla de vivir en nuestro siglo.”
¿Un libro que recomiendes siempre?
“Aldous huxley - un mundo feliz”
¿Qué lugar del mundo te gustaría recorrer con tus friulanes puestas?
“Imagino el crujido de la madera, el tiempo suspendido durante semanas, el mar como único paisaje. Caminaría por la cubierta con mis friulanes como quien pisa un umbral: sabiendo que no hay marcha atrás. Me conmueve pensar en un viaje, cruzando el océano atlántico, como un acto de amor y de fe al mismo tiempo. Confiar en el otro, mi marido, confiar en el mar, confiar en que el sentido aparece después. La libertad.”
¿Cómo diseñarías tus Cayumas perfectas?
“Como todo aquello que no necesita prisa para ser contemporáneo.”